Compartir energía: una idea tan revolucionaria como (todavía) difícil de llevar a cabo

Una escuela que decide hacer una instalación de autoconsumo fotovoltaico a su cubierta (tiene mucho espacio, y desaprovechado), y decide compartir el excedente de energía que tendrá los fines de semana y los periodos no lectivos (los veranos sobre todo, que es cuando, además, se generó más energía) con los edificios del alrededor: comercios, viviendas, oficinas, etc. Y como la escuela: un campo de fútbol, un mercado, un parking, un centro comercial, unas oficinas, una empresa, etc.

La idea es tan alentadora como (hoy) difícil de llevar a cabo. (Quién ha dicho que las revoluciones sean fáciles). La dificultad no está en la instalación (que acostumbra a hacerse en muchos pocos días, a menudo en menos de una semana), ni en la legalización (la normativa lo permite, y puede tardar unas tres o cuatro semanas). La dificultad está en sus inicios: al darla a conocer y convencer a la gente -a los vecinos- para que participen. Pero sobre todo la dificultad está al ver los resultados: en la lentitud y la inoperancia de la principal distribuidora del país (quien gestiona las lecturas de los contadores), que no facilita los datos a las comercializadoras porque aplican el reparto de la energía, el que hace que los usuarios no vean reflejados los ahorros en sus facturas (la energía se genera, pero se pierde en la red y no se ve a la factura), y pueden tardar meses. La unión hace la fuerza, dicen. Y sí, no hay nada más revolucionario y poderoso que ver un grupo de gente que se pone de acuerdo al echar una idea adelante. Y si hablamos de energía, un sector hasta ahora centralizado en unas pocas, grandes, opacas y poderosas empresas (el oligopolio), la idea es todavía más revolucionaria, porque se se da cuenta que no hace falta una gran central nuclear para generar su electricidad, que la puede generar en la azotea de casa suya, con el sol que no le pasará ningún recibo. Y si lo hace colectivamente le será seguramente más fácil, y más económico. Y además, se crea la idea de Comunidad, la idea de pertenecer a una cosa importante y relevante, que además hace el bien por el Planeta (no olvidamos que estamos en emergencia climática).

Es urgente, pues, que se corrija la normativa actual porque se hagan realmente factibles las instalaciones de autoconsumo colectivo, y amplíe las posibilidades y el alcance para ejecutarlas. El Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) ya está trabajando, al menos para modificar los coeficientes estáticos, y esperamos que para hacer más cambios. Además, España tiene que implementar la normativa que permita desplegar las Comunidades Energéticas, tal como dictamina la Directiva Europea (UE) 2019/944. El camino está marcado, y la revolución más cerca. Hace más de dos años que tenemos la normativa que permite el autoconsumo compartido (RD244/2019), pero se está demostrando que es insuficiente e inoperativa por este tipo de instalaciones. Hoy, según los datos de la Generalitat (que actualiza periódicamente en el web del Observatorio del Autoconsumo de Cataluña), hay 50 instalaciones de autoconsumo compartido (de las más de 10.000 que hay en total), y la mayoría no han podido ver todavía reflejados sus ahorros en una factura. Algunas lo empiezan a ver ahora, después de muchos meses (algunas más de un año) de esperar. Y esto genera mucha frustración, porque recordad como costó poner la idea en marcha, y con la ilusión que se hizo. Además, la normativa presenta unas limitaciones que a menudo son demasiado restrictivas: solo se puede compartir energía de hasta 100kW y en la red de baja tensión (un límite importante si lo queremos hacer en polígonos industriales), hasta 500 metros de distancia, y los coeficiente de reparto son estáticos (no podemos repartir energía en función del día de la semana o de la época del año, o del consumo de cada cual).

Artículo publicado originalmente en el portal sostenible.cat

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